New York Ultimate

martes, 7 de febrero de 2017

Cómo Nueva York consiguió reducir el crimen durante 10 años

Durante siglos el hombre buscaba la manera de que todos nos comportáramos bajo esa definición tan abstracta como es “el bien”. Por el camino se crearon las religiones. Y aquello fue a peor. Quizá por ello un día la búsqueda pasó a ser diferente. Había que entender de dónde viene ese “lado oscuro” humano.

En la década de los 90 se iba a producir un hecho inusual en la historia criminalística de Nueva York. Por primera vez en el siglo XX los índices de criminalidad bajaron por un período muy prolongado. Tanto fue así que aquello fue objeto de estudio y acabó siendo toda una teoría social sobre el crimen y el ser humano.
Para que ese momento se diera habría que retroceder en el tiempo hasta finales de los años 60. Un hombre iba a ser el germen para que la historia sobre el estudio de los comportamientos criminales cambiase de acera. ¿El bien? Un investigador tenía muy claro que para controlar al hombre había que entender las razones más oscuras de su comportamiento.

El vándalo que hay en ti

Coche abandonado, fondo, el puente de Brooklyn. Getty
Es posible que si hablamos del psicólogo Philip Zimbardo no te suene de nada, quizás sí. Hoy muchos los conocen por ese experimento radical que llevó a cabo en 1971 (luego convertido en película “Das Experiment”). Nos referimos al experimento de la cárcel de Stanford donde trataba de investigar la influencia de un ambiente extremo entre voluntarios que se dividían en guardias y prisioneros.
Dos años antes del mismo, en 1969, el profesor ya comenzaba a barruntar esa idea acerca del comportamiento que tenemos en determinadas ocasiones. El hombre hacía diariamente el mismo trayecto desde su casa hasta la universidad. Y allí, en el transcurso de esas horas en el interior de su vehículo, pensó que tenía una buena oportunidad para estudiar el tema del vandalismo que existía en Nueva York.
La razón era simple: en un solo día de trayecto al azar (de alrededor de 30 kilómetros) desde la Universidad de Nueva York en el Bronx hasta su casa en Brooklyn, Zimbardo contó nada menos que 200 coches destrozados por vándalos. ¿Cómo habían llegado hasta ese punto? ¿De qué forma llegaron a tales actos de destrucción?
El profesor ideó una prueba para averiguarlo. Junto a un colega del centro compraron un coche de segunda mano que tenía más de 10 años y lo aparcaron enfrente del campus universitario. Zimbardo también sabía que necesitaba algún tipo de desencadenante para poner en marcha el proceso de destrucción. ¿Qué hizo? Le quitó al coche las placas de las matrículas y abrió el capó antes de retirarse a un lugar apartado desde el que podría observar los acontecimientos.
Metro de Nueva York a principios de los 80. AP
Poco más de 24 horas después una procesión de saqueadores se había hecho con la batería, el radiador, el filtro de aire, la antena, los limpiaparabrisas, el logo cromado, todos los tapacubos, cableado, una lata de gasolina, una de cera de silicona y el neumático trasero izquierdo (el resto de ruedas estaban tan viejas que los saqueadores decidieron dejarlas).
Según apuntó Zimbardo, los primeros saqueadores eran una pareja junto a su hijo de unos 8 años. Estos llegaron 10 minutos después de que el profesor aparcó el coche. La madre vigiló mientras el niño iba pasando a su padre las herramientas que necesitaba para sacar la batería. En total, a la adorablefamilia le llevó unos 7 minutos toda la operación.
Lo cierto es que la destrucción del coche siguió un patrón que le era familiar al profesor a través de sus estudios. Las primeras piezas robadas eran aquellas que podrían ser reutilizadas o vendidas. Pero cuando no había nada más útil, entonces hacía su aparición un nuevo grupo: los jóvenes. Estos poseían el coche y se dedicaban a romper los faros y las ventanas. A continuación iban a por la carrocería tirando ladrillos, piedras o golpeando el vehículo con palos o cualquier cosa que tuvieran a mano. La masacre al pobre coche terminaba cuando el vehículo se había convertido en un amasijo de basura.
Pasados menos de tres días el coche se había reducido a un montón de metal inútil por hasta “23 incidentes de contacto destructivo”, como anotó el profesor. También anotó que a menudo sucedía que los transeúntes se mantenían de pie y observaban a los vándalos “trabajando” y, contrariamente a lo que Zimbardo esperaba, la destrucción se producía a plena luz del día.
New York a finales de los 80. Getty
Al mismo tiempo, Zimbardo también había dejado un segundo coche sin placas con un capó abierto al lado de la carretera en la ciudad universitaria de Palo Alto en California. Allí, sin embargo, el coche no fue pasto de los vándalos. Incluso cuando empezó a llover un transeúnte cerró el capó para que no se mojara el interior. El profesor lo intentó de nuevo, esta vez estacionando el coche en el propio campus universitario. Y el resultado fue el mismo: no sucedió nada.
Sin embargo, el psicólogo estaba convencido de que los ciudadanos de Palo Alto también tenían un vándalo en su interior. No podía ser que esta gente fuera distinta a la de Nueva York. Según el profesor, “era obvio que estas señales “liberadoras” eran suficientes en Nueva York, pero no aquí”. Así que el hombre facilita las cosas un poco, él mismo junto a dos estudiantes toman unos martillos y comienzan a “dar ejemplo”. ¿Qué ocurrió? Que ahora sí, no pasó mucho tiempo hasta que se unieron otros estudiantes.
En muy poco tiempo al llegar la noche se había creado un gran grupo, se habían subido encima del coche, habían arrancado las puertas de sus bisagras, habían roto las ventanas y para terminar inclinaron entre todos el coche sobre su techo. Pasaron las horas y de madrugada tres adolescentes aparecieron y atacaron sin piedad lo que quedaba del vehículo con barras de hierro.
Claramente, en Palo Alto se necesitaba la cobertura de la oscuridad o el anonimato de un grupo para despertar tendencias vandálicas latentes. Eso sí, el umbral parecía ser mucho más bajo en el Bronx que allí. Zimbardo asumió que el anonimato de la gran ciudad y los signos de deterioro general en los que se encontraba el barrio del Bronx donde estaba estacionado el coche aumentaron la tendencia de las personas a comportarse de manera destructiva.
Esta idea de Zimbardo se convirtió en un clásico objeto de estudio a lo largo de los años siguientes. Llegados a los 80 alguien pensó en recoger los estudios de Zimbardo y transformarlos en una vía para erradicar el propio vandalismo.
El criminólogo George L. Kelling y el politólogo James Q. Wilson utilizaron los hallazgos del profesor para construir una de las teorías de mayor alcance en la historia de la criminología.

Las ventanas rotas de Nueva York

Ventanas rotas en un hospital abandonado. Wikimedia Commons
En la edición de marzo de 1982 de la publicación Atlantic Monthly y bajo el título de Broken Windows, Kelling y Wilson publicaban un artículo en el que proponían una nueva estrategia para combatir la criminalidad. En el escrito venían a afirmar que la mejor manera de hacerlo era centrarse en los actos de desorden que la preceden. Los autores decían lo siguiente:
Consideren un edificio con una ventana rota. Si la ventana no se repara, los vándalos tenderán a romper unas cuantas más. Finalmente, quizás hasta irrumpan en el edificio; y, si está abandonado, es posible que lo ocupen ellos y que prendan fuego dentro.
O consideren una acera o una banqueta: se acumula algo de basura; pronto, más basura se va acumulando; con el tiempo, la gente acaba dejando bolsas de basura de restaurantes de comida rápida o hasta asaltando coches.
Muchos ciudadanos pensarán que el crimen, sobre todo el crimen violento, se multiplica, y consiguientemente modificarán su conducta. Usarán las calles con menos frecuencia y, cuando lo hagan, se mantendrán alejados de los otros, moviéndose rápidamente, sin mirarles ni hablarles.
No querrán implicarse con ellos. Para algunos, esa atomización creciente no será relevante, pero lo será para otros, que obtienen satisfacciones de esa relación con los demás. Para ellos, el barrio dejará de existir, excepto en lo que se refiere a algunos amigos fiables con los que estarán dispuestos a reunirse
A partir de sus propios experimentos y encuestas, Kelling y Wilson sabían que la gente estaba preocupada por los actos antisociales de menor importancia, tales como el cada vez más extendido uso del graffiti, la basura en la calle y el vandalismo existente. Esto les hacía sentir como si las cosas se hubieran desviado de las manos y que se había llegado a punto donde nadie se hacía responsable de nada.
No sólo eso, para los investigadores este sentimiento fue precisamente el que allanó el terreno para los actos criminales graves: mientras los ciudadanos y hasta en cierta medida la policía se retiraban de los espacios públicos, dicha situación dejaba plena libertad para que estos espacios se convirtieran en zonas sin ley. Finalmente, con las inhibiciones de los malhechores cometiendo cada vez más crímenes, la erosión era cada vez mayor.
Limpieza de una pared con grafitis. AP
La teoría de Kelling y Wilson se convirtió en libro (del propio Kelling) bajo el título Fixing Broken Windows. Un escrito sobre criminología y sociología urbana que hablaba acerca del crimen y las estrategias para contenerlo o eliminarlo de los vecindarios urbanos.
La Teoría de las Ventanas Rotas parte de la estrategia de arreglar los problemas cuando aún son pequeños (reparar las “ventanas rotas” en un corto espacio de tiempo). De esta forma la tendencia es que será menos probable que los vándalos vuelvan a romper o dañar aquello que se ha reparado, por tanto los problemas no se intensifican y los residentes no huyen del barrio.
A partir de aquí se parte de dos hipótesis. La primera es aquella que dice que los crímenes menores y el comportamiento antisocial disminuirán. La segunda y como consecuencia dice que aquellos crímenes de primer grado se prevendrán, quizás y como veremos, la parte más polémica y abierta al debate.
Fue tal la repercusión del trabajo que Kelling acabó siendo contratado como consultor para el Departamento de Tránsito de Nueva York con el fin de probar medidas que probaran la teoría de las Ventanas Rotas. De 1984 a 1990 se llevaron a cabo acciones como la limpieza diaria del metro línea por línea o los grafitis que poblaban la ciudad . En 1990 William Bratton es nombrado Jefe del Departamento donde trabajaba Kelling como consultor.
Y es aquí cuando la teoría da un vuelco y pasa realmente a la acción. Bratton aplica la política de seguridad ciudadana de tolerancia cero, y lo hace sobre espacios muy definidos tales como:
  • En la evasión de multas.
  • En los métodos de procesamiento de arrestos, haciéndolos más sencillos.
  • Con la investigación de antecedentes ante cualquier persona arrestada.
Broken Window. AP
Un trabajo que retomaría en el 93 el que fuera alcalde de la ciudad, Rudy Giuliani, quien además hizo que la policía fuera más estricta con las evasiones en el metro o ante aquellos “vándalos” que se orinaban o no se comportaban en público.
¿Qué ocurrió? Que la tasa de crímenes, tanto de aquellos de carácter grave como de los denominados como “menores”, se redujo significativamente. No sólo eso, la tasa siguió disminuyendo durante los siguientes 10 años. A Nueva York se sumaron otras ciudades como Albuquerque o Lowell, todas con resultados parecidos a los de Nueva York.
Lo cierto es que desde que Bratton tomó el mando incluso la tasa de homicidios en Nueva York se redujo a la mitad. Por supuesto, no está claro si el éxito se puede atribuir en su totalidad a la política de tolerancia cero o no. De hecho y como era de esperar, desde entonces ha existido y existe un encendido debate sobre las cualidades de la teoría.
La primera crítica ante la teoría en acción es aquella que habla de una política que ha servido de escudo legal para prácticas discriminatorias (principalmente y en los 90, hacia los afroamericanos). En este sentido, en su libro Las cárceles de la miseria Loic Wacquant disecciona la propuesta y critica duramente que mientras que la tolerancia cero sirve para criminalizar y restringir derechos legales de los ciudadanos más pobres, deja en libertad los crímenes económicos o informáticos, a priori los de la gente pudiente. Por tanto Wacquant habla de una propuesta basada en estereotipos raciales.
Broken Window. Getty
En el libro FreakonomicsStephen Dubner pone en tela de juicio la teoría de las ventanas rotas como única responsable de la caída del crimen en Nueva York. El autor pone como ejemplo de la ecuación no incluida a la legalización del aborto de la mujer. Según Dubner, en aquella época las mujeres que tenían algún problema y por tanto estaban menos preparadas (adictas, pobres o con problemas de otra índole) podían abortar legalmente, por lo que los niños nacidos en familias disfuncionales fue decreciendo. Casualidad o no, la mayoría de los crímenes de Nueva York eran cometidos por hombres entre 16 y 24 años, cuando este grupo decreció, la tasa de crímenes también lo hizo.
Además del aborto hay otras variables que se exponen como iniciativas que la tolerancia cero no recoge. Desde la hoy llamada gentrificación hasta por ejemplo la aparición de nuevos programas de empleo, la disminución del crack o las reformas policiales que se dieron.
Así que como vemos, no hay paridad de opiniones en cuanto a la importancia que tuvo en la ciudad de Nueva York. Menos dudas quedan ante una teoría hoy universal aplicada al pie de la letra en tantos barrios y ciudades del mundo por los políticos. Muchos ni lo sabrán, pero la mayoría de ayuntamientos y alcaldes del planeta tienen una cosa muy clara, ante el más pequeño de los desajustes,conviene actuar rápido, el mensaje de cara al público puede ser diametralmente diferente en cuestión de días.
En el fondo, detrás de esta teoría se encuentra el intricando modo de vida tan diferente que tenemos unos de otros. Y es que la propia idea de que el proceso de erosión de una sociedad podría ser revertido mediante la lucha de esos signos que preceden a los crímenes, siempre será recibida con escepticismo.
Todos podemos estar de acuerdo en que la delincuencia deber ser abordada desde la raíz. El problema es que esa “raíz”, dependiendo de la perspectiva política de cada uno, se puede encontrar en la injusticia social o en el declive moral de una sociedad.

Los museos de Nueva York visten sus muros de arte contra Donald Trump

El MoMA, el Metropolitan y otras salas menores incluyen muestras de creadores originarios de países 'prohibidos' en Estados Unidos

El Tenement Museum, una casa de 1863 por la que pasaron hasta 7.000 trabajadores extranjeros.
El Tenement Museum, una casa de 1863 por la que pasaron hasta 7.000 trabajadores extranjeros.

Los museos de Nueva York comienzan a armarse contra la nueva política. El lema “America, first (América, lo primero)” choca frontalmente con la naturaleza internacional, nómada y mestiza del arte y Trump se ha mostrado partidario de cumplir la fantasía republicana de acabar con los fondos federales dedicados a las Artes y a las Humanidades (la donación nacional a las Artes y a las Humanidades). La guerra está a punto de comenzar.
El buque insignia de la oposición a Trump ha sido el museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), que ha sustituido cuadros tan importantes como Los jugadores de cartas de Pablo Picasso por obras de artistas sirios, yemeníes, iraquíes, iraníes, sudaneses, somalíes o libios. Es decir, de los siete países con población mayoritariamente musulmana a los que el decreto de Trump ha impuesto restricción en la entrada al país. Algunos, como el sudanés Ibrahim el-Salahi, no tan conocidos por el gran público. Otros son figuras tan influyentes como la iraquí Zaha Hadid. Pero todos van acompañados de un texto que reza: “Esta es una de tantas obras de arte de la colección de este museo (…) y que reafirman los ideales de acogida y libertad vitales tanto para este museo como para los Estados Unidos”.
The New York Times recuerda que el MoMA no acostumbra a tomar posiciones tan tajantes en cuestiones políticas y señala que otro de los grandes museos de la ciudad, el Metropolitan, también ha expresado que uno de sus éxitos más recientes, la exposición De Iberia a Asiria, nunca podría haberse realizado en la era de Donald Trump. Pero al margen de los grandes santuarios artísticos de Nueva York, otros centros más minoritarios, más vulnerables y tradicionalmente más centrados en la defensa de minorías, también replantean su función o incluso releen sus obras de siempre.
El Museo del Barrio, nacido en el Harlem Latino en 1969 como institución vecina a la oficina de los Young Lords (el grupo nacionalista puertorriqueño), es desde entonces altavoz de todos los artistas latinos de Nueva York, una comunidad en el punto de mira del nuevo Gobierno. Su propuesta ha sido crear su propio muro como respuesta al que Trump quiere construir en la frontera con México. “Lo hemos llamado El muro de la gente, y allí todo el mundo comparte lo que está pensando, un espacio público seguro para dar su opinión”, explica la comisaria del museo, Rocío Aranda-Alvarado. “Va a estar hasta que empiece el verano y es un grafiti constante”, asegura.
 Aranda-Alvarado lamenta la intención de Trump de cerrar las dos oficinas federales de ayuda a las artes y las humanidades (NEA y NEH, en sus siglas inglesas), simbólica en su asignación económica (148 millones de dólares cada una) pero que resulta fundamental para la radio y televisión públicas en el país y para las creaciones más arriesgadas. Y también critica lo que el presidente considera patria. “Como él es una persona tan inculta, no me imagino que tenga mucho conocimiento de lo que es la identidad estadounidense, ni influencia de todos los grupos de emigrantes que han llegado en los últimos 20 años, por no hablar de los últimos dos siglos”, afirma.
Creado en el año de la muerte de Martin Luther King, en 1968, también en Harlem se encuentra el Studio Museum de Harlem. Aunque no ha querido hacer declaraciones políticas a este periódico, lleva años reivindicando la aportación de la cultura negra a la esencia estadounidense y en este momento tiene una exposición muy oportuna dedicada a los cowboys negros. “Los historiadores estiman que en el siglo XIX, uno de cada cuatro cowboys de Texas era afroamericano y que los vaqueros del oeste eran mucho más diversos que el estereotipo: una mezcla de blancos, negros, mexicanos y nativos americanos”, recuerdan los paneles de la muestra.
 Y el Lower East Side, una antigua casa de 1863 por la que pasaron hasta 7.000 trabajadores extranjeros, es ahora el museo Tenement, consagrado a la emigración. Mientras preparan para el verano una muestra que repasará, entre otros flujos migratorios, la llegada de los deportados durante la Segunda Guerra Mundial a Nueva York, su vicepresidenta, Annie Polland explica a EL PAÍS cómo “dada la manera en la que el mundo y el contexto político han cambiado, lo que hace unos meses era simplemente parte de la colección ahora se ha convertido en material controvertido”.
Polland reconoce que ha empezado a oír entre sus visitantes que “los emigrantes de ahora no son como los de antes, porque algunos son terroristas” y confirma que es el momento más crítico para la comunidad emigrante en décadas.
“Trump no es un presidente más. Desde que en 1965 el presidente Lyndon Johnson firmó el Acta de Inmigración que realmente abrió las puertas del país (acabó con las cuotas por nacionalidad) ha habido altibajos, pero la cultura estadounidense ha sido receptiva con emigrantes y refugiados. Se aceptarían más o menos, pero no habíamos dejado de vivir con la idea de que la emigración suma”, asegura.
 Pero Polland también recuerda que en 1882 se firmó el Acta de Exclusión China —que vetó la entrada a la población de este país hasta 1943— y en 1924 la ley migratoria restringió la entrada de los europeos del este y del sur, especialmente a italianos y a judíos con la idea de preservar el ideal de unos Estados Unidos homogéneos. “Desafortunadamente ha habido ocasiones en las que nuestro país ha cerrado las puertas y Donald Trump podría decir que no está haciendo algo que no se hiciera ya anteriormente. Pero en este museo defendemos que los mejores momentos de nuestra historia es cuando hemos abierto el espacio a nueva gente, a nueva vida”, concluye.

martes, 10 de enero de 2017

Nueva York, de puente en puente


Nueva York, de puente en puente
Los puentes de Brooklyn y Manhattan iluminados en plena noche (Agnieszka Gaul / Getty Images/Vetta)


Nueva York no solo es conocida por sus grandes rascacielos, sino también por sus impresionantes puentes. A plena luz del día o por la noche, cuando las luces iluminan sus siluetas, ofrecen una imagen imponente del skyline de la Gran Manzana.
Además de contemplarlos, cruzarlos se convierte en una experiencia ineludible si visitas la ciudad. Convertidos en auténticos miradores, permiten disfrutar de otro punto de vista de una capital que nunca deja de sorprendernos.

Puente de Brooklyn
El puente de Brooklyn de Nueva York al atardecer
El puente de Brooklyn de Nueva York al atardecer (FilippoBacci / Getty Images/iStockphoto)
Consolidado como uno de los grandes emblemas de la ciudad de Nueva York, el de Brooklyn es uno de los puentes suspendidos más antiguos de Estados Unidos. Su inauguración en 1883, tras 14 años de trabajos, permitió unir por primera vez Manhattan y Brooklyn cruzando el East River mediante una edificación que en su momento fue considerada una auténtica maravilla técnica.
Por sus 1.825 metros circulan a diario más de 100.000 vehículos, 4.000 peatones y 2.600 bicicletas, lo que permite obtener una idea de la concurrencia que soporta un puente que ha sido un actor más de cientos de series y películas rodadas en la ciudad de los rascacielos. Entre ellas destacan GodzillaTarzán en Nueva York, Annie Hall, Fiebre del sábado noche.
Puente de Manhattan
El puente de Manhattan y el skyline de Nueva York al fondo
El puente de Manhattan y el skyline de Nueva York al fondo (franckreporter / Getty Images)
Inaugurado 26 años después que el de Brooklyn (1909), y con 264 metros más de longitud (2.089 metros), el puente de Manhattan conecta el sureste de Manhattan con el oeste de Brooklyn, atravesando el East River. Aunque excesivamente ruidoso, cruzarlo supone toda una experiencia, ya que desde él, las vistas del skyline de Manhattan, con la estatua de la Libertad al fondo, son envidiables.
El puente, diseñado por Leon Moisseiff, está construido en dos niveles. Cuenta con cuatro carriles para los vehículos en la parte superior y tres en la inferior, a los que se le añaden cuatro más correspondientes al metro, un carril bici y una acera peatonal. Todo ello hace posible que circulen por él a diario más de 85.000 automóviles, 4.000 ciclistas y peatones y 450.000 personas en transporte público.
Puente de Williamsburg
Puente neoyorquino de Williamsburg
Puente neoyorquino de Williamsburg (NicolasMcComber / Getty Images/iStockphoto)
El puente de Williamsburg, junto a los dos anteriores, forma el trío de viaductos que comunican Manhattan con Brooklyn, y en concreto, el este de Manhattan con Williamsburg, el barrio más de moda de Nueva York. Abierto al público en 1903 y de estética marcadamente industrial -cuenta con una estructura rosácea que lo envuelve a modo de jaula-, estuvo a punto de cerrarse a principios de los años 80 por culpa de su deterioro, aunque finalmente se optó por restaurarlo.
No cuenta con la invasión de turistas del puente de Brooklyn, por lo que lo que es una opción alternativa para cruzar el East River y contemplar la ciudad mucho menos masificada. Los 2.227 metros de este puente colgante de doble nivel se recorren en unos 30 minutos e bicicleta -también pueden hacerse a pie, en metro o en vehiculo-, un trayecto durante el que se pueden contemplar los grafitis de sus muros.
Puente de Queensboro
El puente de Queensboro, conocido como el puente de la calle 59 ( Nueva York)
El puente de Queensboro, conocido como el puente de la calle 59 ( Nueva York) (zxvisual / Getty Images/Vetta)
Conocido con nombres como puente de la calle 59 -por el lugar donde empieza en Manhattan- o Ed Koch Queensboro -su nombre real-, esta construcción de 1909 atraviesa el East River uniendo Manhattan con el barrio de Queens en Long Island, pasando por la Isla de Roosevelt. Es el puente más transitado de Nueva York, ya que por él transcurre la ruta NY25.
Bajo el puente Queensboro encontramos el teleférico de Roosevelt Island, inaugurado en 1976, desde el que se disfrutan de espectaculares vistas de East River y sobre todo de la zona de Queens y el Uptown Manhattan. Quizás a algunos les resulte familiar porque aparece en algunas de las escenas más recordadas de Spiderman.
Puente de George Washington
Puente George Washington sobre el río Hudson en Nueva York
Puente George Washington sobre el río Hudson en Nueva York (Songquan Deng / Getty Images/iStockphoto)
El puente de George Washington, construido sobre el río Hudson, se halla en la zona oeste de Manhattan y permite conectar Nueva York con Nueva Jersey. Inaugurado en 1931 tras cuatro años de construcciones, fue considerado con sus 1.451 metros de longitud el puente colgante más largo del mundo hasta que en 1937 fue superado por el Golden Gate de San Francisco.
El proyecto inicial de Cass Gilbert y Othmar Ammann, arquitecto e ingeniero de la obra respectivamente, contemplaba cubrir la estructura de granito, sin embargo, la disminución de fondos provocada por la Gran Depresión hizo desestimar el proyecto. Cuenta con 14 carriles para vehículos -ocho en el nivel superior y seis en el inferior-, uno para bicicletas y otro peatonal, desde donde se ven excelentes vistas de la ciudad, especialmente hermosas por la mañana.
Puente de Verrazano-Narrows
Puente Verrazano-Narrows, que conecta Brooklyn y Staten Island en Nueva York
Puente Verrazano-Narrows, que conecta Brooklyn y Staten Island en Nueva York (OlegAlbinsky / Getty Images/iStockphoto)
Los aficionados al atletismo posiblemente reconocerán este puente, ya que es justo aquí donde se da la salida del maratón de Nueva York. La construcción, que desde 1964 comunica Fort Hamilton en Brooklyn y Fort Wadsworth en Staten Island sobre el estrecho de Narrows, alcanza los 1.298 metros de longitud.
Las monumentales torres del puente de Verrazano-Narrows, que superan los 211 metros de altura, son visibles desde muchos puntos de la ciudad. Pero si además de observar la belleza de su estructura, lo que deseas es contemplar las vistas in situ, deberás conformarte con hacerlo a bordo de un automóvil o de alguno de los buses express que lo cruzan, ya que no cuenta con paso para bicicletas ni peatones.
Puente de Robert F. Kennedy
Puente de Robert F. Kennedy al atardecer
Puente de Robert F. Kennedy al atardecer (MIHAI ANDRITOIU / Getty Images/iStockphoto)
Rebautizado como puente de Robert F. Kennedy en honor al que fuera senador por Nueva York y ex-Fiscal General de los Estados Unidos, asesinado en 1968, une los distritos de Manhattan, el Bronx y Queens. El puente de Triboro está formado en realidad por tres estructuras unidas que permiten superar el Hell Gate, el río Harlem y el estrecho del Bronx Kill.
La obra fue inaugurada en 1936, tras algunos retrasos por la falta de líquido como consecuencia de la Gran Depresión. Hoy es una infraestructura fundamental en el entramado de comunicaciones de la Gran Manzana.

domingo, 8 de enero de 2017

El New York Cosmos resucita por segunda vez: hay nuevo dueño

Según el periodista de The Telegraph, el italoamericano Rocco Commiso tomará las riendas del histórico club neoyorquino. De esta manera, la NASL tendrá los 8 equipos que le exige la USSF.

El New York Cosmos resucita por segunda vez: hay nuevo dueño


Sin Juan Arango, Arrieta, Duk, Ayoze y tantos de los héroes que se proclamaron campeones de la NASL el pasado mes de noviembre... pero el New York Cosmos vuelve a la vida.
Según el periodista Bob Williams de The Telegraph, el club neoyorquino que cesó operaciones y despidió a toda su plantilla a finales de 2016 será recomprado por el italoamericano Rocco Commisso.
El magnate, dueño de Mediacom y gran aficionado al fútbol, se habría comprometido a tomar las riendas del Cosmos. Lo que supone un enorme suspiro para una NASL que estaba al filo de la muerte. Ahora, la liga tendría el mínimo de 8 equipos que exige la USSF (federación estadounidense) para seguir manteniendo el estatus de División II para el organismo.
Se espera que, por fin (y con más de un mes de retraso) haya anuncio oficial respecto a la pirámide futbolística de Estados Unidos y el futuro definitivo de la NASL a finales de esta semana.

New York Times resalta restaurante con toque gastronómico paraguayo

Tres años atrás nació un emprendimiento del buen comer en Queens, Estados Unidos, el cual se caracterizó por fusionar la comida paraguaya con la venezolana. Es así que los dueños de “Karu Café”, que invirtieron en un nuevo restaurante, fueron entrevistados por el periódico “The New York Times”, que destacó la peculiar propuesta.



Zuny Llano es una arquitecta paraguaya que viajó a Estados Unidos para ejercer su profesión. Allí conoció hace más de 10 años al biólogo marino Augusto Acevedo, de nacionalidad venezolana. Junto con él lanzó en el 2014 un innovador emprendimiento al que pusieron como nombre “Karu Café” (karu significa comer en nuestro idioma guaraní). Este peculiar sitio ubicado en el condado de Queens del país norteamericano, se ganó la aceptación de un gran público por lo que en octubre del 2016 decidieron anclar otro negocio del mismo concepto y bajo el formato de restaurante y con una capacidad para 50 personas. La idea pudo concretarse esta vez en sociedad con su medio hermano Abel Amarilla y su cuñada Fulvia Fernández. La propuesta de “Karu Café” que fusiona la comida paraguaya con la venezolana, llamó la atención del periódico internacional “The New York Times”, que el jueves publicó una nota en la cual resaltó los atributos y diferenciales de esta oferta gastronómica.
El interés de la gente no se hizo esperar y el restó empezó a recibir más comensales de lo habitual, comentó ayer Zuny Llano en contacto telefónico con ABC. “Para nosotros representa mucho (la publicación), por el alcance que tiene y porque logramos con ello promover y difundir la cultura paraguaya y venezolana”, expresó.
La publicación
La periodista Ligaya Mishan describió en su columna llamada “Hungry City” (ciudad hambrienta, en inglés) las cualidades de “Karu Café”. En la publicación titulada “Paraguay and Venezuela, Together at the Table, at Karu Café in Queens” (Paraguay y Venezuela, juntos en la mesa, en el Karu Café de Queens, en español), hace mención a los platos típicos de Paraguay como el chipa guasu, el mbeju y las variedades de empanadas. Asimismo, expuso la oportunidad que tienen los visitantes de deleitarse con las arepas, consistentes en unas tortillas tradicionales de Venezuela, estas últimas son elaboradas por Lucy Acevedo, cuñada de Zuny.
“Mbeju, una ronda plana de harina de mandioca y harina de maíz infiltrada por el queso, se sella rápidamente en una sartén sin un toque de aceite, su superficie está llena de surcos crujientes dando paso a la fusión”, menciona la periodista del NYT.
Actualmente, el restaurante, que también ofrece servicio de catering, recibe a unas 200 personas al día en su local, que además de ofrecer un amplio menú internacional, comercializa productos típicos de Paraguay y Venezuela, entre ellos la yerba mate. Por un lado, “Karu Café” LIC está ubicado en 3100 47th Ave, Long Island City, NY 11101; y el otro en Woodside 5321 Roosevelt Ave, Woodside, NY 11377.
En tanto que las reservas son hechas al (347) 396-5996.
Para leer la nota completa y la galería de fotos que rescató el periódico The New York Times de “Karu Café” puede ingresar en la versión digital de nuestro diario: www.abc.com.py.

miércoles, 4 de enero de 2017

Accidente de tren en Brooklyn deja unos 100 heridos




Más de 100 personas sufrieron heridas menores el miércoles cuando su tren chocó contra una barrera de protección poco antes de llegar a la ciudad de Nueva York. El tren, que venía de los suburbios en Long Island, acabó inclinado sobre los rieles en la estación Atlantic Terminal de Brooklyn.
Varios pasajeros relataron a reporteros de televisión que escucharon un fuerte martillazo y sintieron un impacto que los lanzó por los aires.
Algunas personas fueron trasladadas en camillas. Otras permanecían sentadas cerca del tren sujetándose hielo en la frente. Algunas estaban sangrando.
Trozos de metal, aparentemente de un riel, perforaron el piso del tren y descarrilaron las ruedas, dijeron cuerpos de rescate. El accidente además malogró una zona laboral cercana a los rieles.
El tren iba muy despacio y “no fue realmente un descarrilamiento”, manifestó el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo.
Once de los heridos fueron llevados a hospitales. Funcionarios en el lugar calcularon que había entre 600 y 700 personas en el tren.
El suceso ocurrió a eso de las 8:20 de la mañana del miércoles. Las autoridades dijeron que muchos de los pasajeros estaban de pie cuando ocurrió el impacto, pues se disponían a bajarse.
La causa del incidente sigue bajo investigación.