New York Ultimate

domingo, 4 de marzo de 2018

Mexicanos de a pie en Nueva York


Historias mexicanas desde Nueva York, de Ediciones Proceso.

A fin de “escudriñar la vida de los migrantes mexicanos que arribaron desde la década de los ochenta a la Gran Manzana”, el historiador, cronista y analista político Eduardo González Velázquez aprovechó su asistencia a un congreso académico en Nueva York en el verano de 2016 para entrevistar a cuantos migrantes mexicanos estuvieron a su alcance y fotografiar sus lugares de trabajo. El resultado fue el libro Historias mexicanas desde Nueva York, de Ediciones Proceso, en el que se aprecia la diversidad de orígenes, formaciones culturales y expectativas de los compatriotas que se van del país con la misma aspiración: conseguir una vida mejor. Aquí presentamos unos extractos del volumen, que ya está en librerías.
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Día 2. A las 7 de la mañana sonó mi despertador. En realidad no necesité su ayuda, pues los ronquidos de mi vecino de litera, un ruso cincuentón y rechoncho, habían complicado mi descanso y varios minutos antes de escuchar el despertador ya me encontraba mirando la desgastada pintura del techo. Baño ocupado. Esperé en un pequeño pasillo que conecta sanitario, cocina y cuartos, desde donde comienzan a mostrarse algunos inquilinos para indicar que hacen fila para la regadera.
Ya en la calle me recibió una lluvia ligera. Tal como sería durante dos semanas, tomé la línea Q del subway para salir a trabajar. La dirección fue Times Square para luego abordar la línea 1 y llegar a mi primera cita. Poco a poco el tren se fue llenando. Decenas de pasajeros ensimismados en el universo internético al que son conectados a través de sus celulares para alejarlos del ajetreo cotidiano de los vagones y las prisas laborales. Desayuné en Panchos, un lugar que conocí en la primavera de 2015. Los baristas, originarios de Puebla, son los mismos que un año atrás me habían extendido la invitación para regresar. Debía dirigirme al Barrio en el cuadrante que hacen la Park Avenue al este, la 128 al norte, la Pleasant al oeste y la 100 al sur; atravesado por la importante avenida Lexington, en el East Harlem, al norte de Upper East Side, luego de ponerme al tanto de las noticias de los poblanos en el último año. La mejor opción para llegar a mi destino fue subirme a la ruta 116 del transporte público.
Comenzaron las entrevistas. Caminé hasta el East River. En el primer Starbucks de la jornada entré a tomar más café, pues el de Panchos me parece muy ligero. Fueron seis entrevistas. Historias duras todas, construidas con trabajo. Ojos constantemente humedecidos por las referencias al pasado. Lamentos por lo dejado atrás. Incertidumbre por lo venidero. Ideas encontradas sobre la posibilidad o no de regresar al terruño. Largos silencios cuando rascan en el pretérito para encontrar y luego verbalizar buenas y malas experiencias: “Yo no tuve niñez”, dice Gladys, cuando le pido que recuerde sus primeros años de vida. Lo mismo sucede cuando define su situación migratoria, su ser migrante.
Pero también escuché intensos relatos de “triunfadores” que contrastan con la idea que la mayoría tienen de México: “Veo a México de la chingada. En México tienen a la gente engañada”. “A México lo veo con ganas de no volver, porque allá no alcanza el dinero, no rinde”. “Ni para comprar la canasta básica te sirve el trabajo; aquí hasta de vacaciones salimos”. Otros más mostraron las páginas web de sus negocios para presumir: “Aquí está mi historia, aquí puedes ver lo que he construido”.
El Barrio es una zona que históricamente ha recibido pinceladas de diferentes grupos. Al principio llegaron holandeses, luego afroamericanos, más tarde judíos, puertorriqueños y, en las últimas dos décadas del siglo pasado, los mexicanos procedentes de Puebla, Oaxaca, Guerrero y el Estado de México; todos en busca de una vivienda barata aunque fuese de mala calidad, y una vida cotidiana “en español”, sin importar el bajo nivel de desarrollo humano.
Como sea, el noreste de Manhattan se ha significado como área de arribo para exiliados de varios países y en los últimos años es una de las mayores concentraciones de migrantes mexicanos en Nueva York.
La tarde va corriendo y la hora del play ball se acerca. No tengo la manera ni el propósito de negarles el gusto desbordado que tengo por el beisbol. Yankees de Nueva York contra Blue Jays de Toronto, un duelo de la División Este de la Liga Americana. No me lo puedo perder. Antes de ingresar al Yankee Stadium compré dos pequeñas hamburguesas que me comí al tiempo que rodeaba el inmueble deportivo. Entré a las 5 de la tarde, dos horas antes del primer lanzamiento. Miré la práctica de bateo de ambos equipos, recorrí todos los rincones del lugar. No lo podía creer, estaba en la casa del club deportivo más ganador en todo el mundo: 27 títulos de Serie Mundial. Al fin comenzó el juego. Mi box score se fue llenando al paso de las entradas.
En la parte alta del noveno episodio, con el marcador favoreciendo a los mulos de Manhattan seis a cero, se comenzó a escuchar con fuerza “El son de la negra” que anunciaba en el montículo, para rematar el juego, al mexicano Luis Cessa, número 85. No era situación de salvamento, la diferencia era mayor a tres carreras. El veracruzano, luego de enfrentar a cuatro bateadores, colgó el último cero de la noche.
En el regreso a mi cuarto tuve un par de confusiones al abordar el subway, por lo que llegué a dormir hasta la media noche. Día intenso, repleto de historias llenas de contrastes y voces entrecortadas. En mi habitación ya dormíamos cuatro.
Habla Emmanuel, veracruzano
Nací en Tuxpanguillo, un pueblo de poco más de 3 mil habitantes en el municipio de Ixtaczoquitlán, Veracruz, muy cerca de Córdoba y Orizaba.
Apenas tenía 20 años cuando llegué a Nueva York por allá de 2008. Me vine como todos, sin papeles y en la pobreza; y como casi todos, todavía no arreglo nada. Cuando crucé por Sonoyta, Sonora, en la línea pensé: debo buscar un futuro mejor para ayudar a que mi familia viva un poco mejor. Hoy ese cruce sigue siendo un buen lugar para entrar a este país.
En México aprendí el oficio de panadero, lo que me ayudó a encontrar rápidamente un trabajo. Si sabes hacer algo consigues empleo en cualquier parte del mundo. El trabajo es igual donde sea, lo único que cambian son las condiciones que te ponen. Aquí son mejores que las de México: allá trabajaba y trabajaba y no salía nada, por eso me vine a buscar más a Estados Unidos.
En Veracruz primero estuve en una tortillería, después fui copiloto con unos traileros. Así fue como comencé a estar más cerca de la frontera, y un día dije: ya estoy cerca, ¿por qué no? Y crucé.
Casi nueve años después de estar en Nueva York, no me considero migrante, porque yo siempre he sentido que uno es de donde pisa, y ahorita estoy pisando aquí, que es donde me friego. Al alcanzar tus metas, sin importar dónde estés, logras el sueño americano, por eso yo creo en él y debo aprovechar las oportunidades que me ofrece Nueva York para alcanzar mi sueño, sólo debo echarle ganas. Poco a poco lo estoy consiguiendo, en el futuro me veo con una panadería propia. Estoy ahorrando para eso. De poquito en poquito se va llenando el jarrito.
Por eso no pienso mucho en regresar a México, sino en crear algo acá. A México lo veo decadente por la guerra interna que tiene, la vida está muy difícil. En Veracruz está igual. Cuando yo vivía allá sí me daba cuenta de lo que sucedía, pero ahora que estoy fuera lo veo un poco más. La economía está mal, con la devaluación todo se incrementa; en México los productos ya valen casi lo mismo que en Estados Unidos, pero allá los tienes que pagar en pesos.
De Veracruz guardo recuerdos bonitos: mis amigos, mi familia, las fiestas, el relajo. Me la pasaba para arriba y para abajo. Pero ahora estamos aquí, tengo mi esposa y dos hijos que ya nacieron en Nueva York. Además de ser panadero y disfrutar mucho de las conchas que horneo, hace tiempo tuve una banda de música donde tocábamos hardcore. Anduvimos por todos lados, conocimos muchas bandas. Fue una experiencia muy bonita. La dejé por la familia, porque la música absorbe mucho y sólo andaba en mi desmadre.
Francisco, capitalino
Yo soy del Distrito Federal, aunque ahora digan que se llama Ciudad de México. Nací hace 45 años. Soy de oficio panadero-repostero y pastelero. Llevo 19 años viviendo en Nueva York. Antes estuve en Nueva Jersey, San Diego y Chicago. Anduve por todos los puntos del país. Tuve la oportunidad de regresar dos años a México y luego me retorné.
Aunque trabajo y pago mis impuestos, desde hace 10 años he tratado de estar legal pero no se puede, no he podido arreglar mis papeles. Estoy pagando un abogado para ver si lo consigo.
La mera verdad me siento más de Estados Unidos que de México. Pensé que con Barack Obama y su reforma migratoria podría arreglar mis papeles, pero él ha sido uno de los peores mandatarios que ha habido en este país: deportó a miles y la reforma migratoria nunca salió.
En México trabajé mucho tiempo como panadero en las tiendas de Bodega Aurrerá, pero luego se vino la devaluación del peso cuando Salinas de Gortari salió de la presidencia y pasamos muchos problemas por lo del “error de diciembre”, ya con Ernesto Zedillo en la presidencia.
Hoy es difícil pronosticar mi futuro. No veo la posibilidad de regresar a México; aunque si gana Donald Trump me imagino que tendremos problemas y entonces tal vez sí regrese, pero si no llega a la Casa Blanca entonces no. Mientras, voy a seguir tratando de arreglar mi estatus migratorio.
Aquí Barack Obama no ayuda y allá el presidente Enrique Peña Nieto nos hace quedar mal a nosotros mismos, le falta mucha preparación para ser mandatario de una nación y resolver los problemas que tiene México, no sólo producto de este sexenio, sino de la dictadura de más de 70 años que tuvimos del PRI.
La verdad, yo creo en el sueño americano. Muchos trabajamos porque hay oportunidades y no las vamos a desperdiciar. Si las aprovechamos podemos poner un negocio y comprar una casa en Nueva York.
En México hay mucha gente que siempre ha luchado para salir adelante y no ha podido, otros más se quedan en la frontera intentando cruzar y jamás brincan el muro. Eso lo miré cuando estuve ahí. Aunque mi historia como migrante no ha sido todo lo que esperaba, sí he mejorado económicamente. Lo que me sigue molestando es la discriminación que hay en este país, se siente el odio hacia los mexicanos; incluso entre los mismos paisanos hay envidias. Eso a veces complica la vida.
El tercer día
A las 9:30 salgo nuevamente a trabajar al Barrio y al congreso del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), donde presentaré una ponencia sobre los claroscuros de la migración centroamericana de tránsito por la Zona Metropolitana de Guadalajara.
El East Harlem, donde se asienta el Barrio, al igual que muchas otras áreas de recepción migratoria, ha experimentado un desplazamiento de su población rumbo a zonas de menor costo pero localizadas a mayor distancia de los sectores de trabajo y de servicios. Esta situación ha sido aprovechada por los mexicanos para repoblar algunos espacios al sur del Bronx.
Luego de registrarme en Clacso estuve en Panchos para escuchar las andanzas de dos trabajadores que entregan comida a domicilio en bicicleta. “Nosotros trabajamos en el delivery”, me dicen los dos repartidores. La razón de usar la bicicleta es principalmente porque no tienen licencia para conducir motocicletas. Panchos es de esos lugares tomados por la comunidad latina para intercambiar sus historias cotidianas mientras desayunan antes de irse a trabajar.
Los agradables olores emanados desde la parrilla potencian el apetito de los parroquianos. No obstante que el televisor se mantiene encendido las 15 horas que permanece abierto el lugar, la camaradería y la cercanía de los comensales mantienen la atención en los cuentos ciudadanos, ignorando deliberadamente los sonidos del televisor.
De regreso al congreso, a una cuadra de la Quinta Avenida, en The New School, escuché y compartí reflexiones académicas sobre la pobreza y desigualdad en América Latina y los nuevos tiempos políticos en Cuba. Mismas problemáticas, diferentes acercamientos de lo aprehendido desde la cotidianidad vivida por la clientela de Panchos.
Sin duda, la urgencia económica latinoamericana continúa generando migrantes. “Mientras no haya trabajo seguiremos huyendo”, resuenan las voces de los exiliados económicos.
El congreso se llama “América Latina-Estados Unidos: Diálogo de saberes” y es organizado por The New School y el Observatorio Latinoamericano. Las reflexiones hacen hincapié en que la pobreza se refiere a una condición, mientras la desigualdad apunta a las relaciones sociales dentro de una estructura dada. En ese contexto se afirma que en los últimos 15 años ha disminuido la pobreza en América Latina pero no la desigualdad, porque no ha cambiado la estructura de las relaciones sociales. Asimismo, se advierte que esa parte del Continente Americano se mantiene como la región tributaria más injusta del mundo; que es necesario detener la inclusión excluyente de los sistemas educativos que brindan a los jóvenes universitarios preparación de bajísima calidad, manteniendo la imposibilidad de la movilidad social; es una de las razones por las cuales el valor asignado por los jóvenes a la educación formal, como herramienta sine qua non para mejorar su condición social, disminuye rápidamente. Es la materialización de la inclusión excluyente.
Se insiste en las mesas de análisis que los cambios en nuestro subcontinente deben realizarse de abajo hacia arriba, porque “lo único que se construye de arriba hacia abajo son los hoyos”, citan al recientemente fallecido y muy extrañado Eduardo Galeano.
Este adelanto se publicó el 25 de febrero de 2018 en la edición 2156 de la revista Proceso.

La ‘Niña sin miedo’ que se enfrenta al toro de Wall Street prepara las maletas

La estatua de bronce, que representa la lucha de la mujer por la igualdad y que ha protagonizado varias polémicas, fue instalada el pasado 8 de marzo en el corazón financiero de Nueva York

'La niña sin miedo', de Kristen Visbal instalada el Día de la Mujer, frente al 'Toro embistiendo' (Charging Bull) en Wall Street (Nueva York), en abril de 2017.
'La niña sin miedo', de Kristen Visbal instalada el Día de la Mujer, frente al 'Toro embistiendo' (Charging Bull) en Wall Street (Nueva York), en abril de 2017. AFP


La Niña sin Miedo se prepara para mudarse. La estatua de bronce situada frente al icónico toro de Wall Street cambiará de localización la próxima semana, coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer. La ciudad de Nueva York debe anunciar el nuevo lugar desde donde podrá continuar promocionando de una manera permanente el liderazgo de la mujer en el mundo de la empresa.
La estatua de la artista Kristen Visbal tenía permiso para permanecer junto alCharging Bull (toro embistiendo, en castellano) hasta el 8 de marzo. Ahí apareció por sorpresa hace justo un año, con un permiso inicial de un mes. En pocos días se convirtió en todo un símbolo del movimiento que lucha por la igualdad de género en los puestos de dirección, que reverberó por toda la ciudad y atrajo a millones de turistas. La obra, sin embargo, estuvo rodeada de polémica.
La Niña sin Miedo ya sufrió una dura cornada el pasado octubre, que puso en duda su inocencia. State Street, el fondo que financió la campaña que colocó a la niña de bronce ante el imponente Charging Bulltuvo que compensar a 300 empleadas porque sus salarios eran más bajos que el de sus iguales varones. La disparidad salarial se descubrió durante una auditoria realizada hace cinco años.
Este episodio dio más argumentos a Arturo Di Modica, el escultor del imponente toro, para cargar contra la esculturaque estaba robando protagonismo a su creación. Hasta el punto de que inició una batalla legal contra la ciudad de Nueva York para que se retirara la estatua, porque consideró como una artimaña publicitaria que alteraba el sentido de su trabajo. Decía no tener nada contra el mensaje.
Pese a este choque, un año fue suficiente tiempo para que la niña y el toro se convirtieran en dos símbolos casi inseparables. Hasta el punto de que desde hace algunas semanas se especula con la posibilidad de que puedan seguir juntas en un paseo peatonal cercano en el bajo Manhattan que cree menos problemas para el tráfico en la zona. Otra posibilidad que se barajó pasaba por diseñar la isleta que ocupan en Broadway.

La policía de Nueva York indemniza a tres mujeres musulmanas tras obligarlas a quitarse el hijab

Una niña musulmana estadounidense en el Día Mundial del Hijab celebrado el pasado 1 de febrero en Nueva York.
Una niña musulmana estadounidense en el Día Mundial del Hijab celebrado el pasado 1 de febrero en Nueva York.  REUTERS



La ciudad de Nueva York va a tener que compensar a tres mujeres musulmanas que fueron forzadas a quitarse sus hijabs para poder hacerles las fotos de la ficha policial tras ser arrestadas. El acuerdo alcanzado entre las demandantes y el Departamento de Policía busca así sentar un “buen precedente” para que sus agentes respeten y protejan las tradiciones religiosas de los detenidos.

Los tres casos se resolvieron al margen de los tribunales el pasado lunes. En concreto, se abonará 60.000 dólares a cada una de las demandantes. Uno de ellos data de 2012, cuando una joven identificada por las iniciales G.E. fue detenida por una pelea con otras dos menores. La detenida fue trasladada en un primer momento a una comisaría en el barrio de Bath Beach, en Brooklyn.
Lo agentes pidieron a G.E. que se quitara su hijab para poder fotografiarla, pero la joven se negó y se le facilitó una sala privada para que fuera una mujer la que le hiciera la foto. El problema fue que, cuando la trasladaron a la Brooklyn Central Booking, estuvo 20 minutos con la cabeza al descubierto para que le realizaran una segunda foto ante la presencia de policías varones y otros prisioneros.
La cámara estaba fija y en ese momento no había agentes de policía mujeres que pudieran hacerle la foto para la ficha, según se le explicó. La policía de Nueva York ya adoptó en mayo de 2015 nuevas directrices que establecen que los agentes deben informar a las personas que cubren sus cabezas por cuestiones religiosas que tienen la opción de hacerse las fotos en privado, con una persona de su mismo género.
La abogada de G.E., sin embargo, presentó dos demandas más después por incidentes similares que se produjeron tras entrar en vigor las nuevas reglas. A una mujer le retiraron el velo también al hacerle la ficha policial, y a otra más en el momento del arresto. Con la solución de este triple caso, la abogada espera que se establezcan nuevas guías de actuación que protejan el ejercicio de las libertades religiosas.

martes, 13 de febrero de 2018

Los indios que elevaron el cielo de Manhattan

Michel Moutot lleva a la ficción el histórico papel de los mohawk como montadores de acero


Construcción de los años sesenta en Nueva York.
Construcción de los años sesenta en Nueva York. 

De la icónica foto de 11 operarios almorzando encima de una viga sobre el cielo de Nueva York solo se sabe a ciencia cierta que fue tomada en 1932 durante la edificación del Rockefeller Center. Quedan asimismo pocas dudas de que la escena nada tenía de espontánea, sino que fue preparada para promocionar el rascacielos, aunque los hombres que aparecen eran auténticos ironworkers, obreros de la construcción especializados en el manejo del hierro. Si la imagen renace de tanto en tanto asociada a una tribu india, los mohawk, pese a que probablemente ninguno de los hombres pertenezca a ella, es porque este pueblo ayudó a levantar todos los puentes de Nueva York, salvo el de Brooklyn —que está edificado principalmente de piedra y cemento— y muchos de los rascacielos que coronan la isla de Manhattan. “Hemos construido América”, suelen decir. Tal ha sido su presencia en los andamios y vigas de la urbe que caló la leyenda de que carecían de vértigo. “Andamos en el cielo con las águilas” es otra de sus frases recurrentes.
El periodista Michel Moutot, corresponsal en Nueva York de la Agence France Presse (AFP) durante el 11-S, descubrió la vinculación histórica de los mohawk con la construcción al entrevistar a uno que había acudido a desescombrar la Zona Cero para ayudar en la búsqueda de supervivientes. Entendió que la historia daba para mucho más que un teletipo y, 14 años después, la convirtió en su primera novela, Las catedrales del cielo, que ahora publica en español Grijalbo.
“Cuando los más viejos de los mohawk vieron por televisión la caída de las Torres Gemelas, dijeron: ‘Llamad a los jóvenes: los necesitan allá, han destruido nuestras torres’. En los primeros días después de los atentados, entre 400 y 500 de ellos se desplazaron allí desde Canadá o el Estado de Nueva York porque tenían un nexo particular con ellas. ‘Son las torres de nuestros padres’, recordaban todo el tiempo”, explica Moutot en una entrevista en Madrid. Varios de los operarios desarrollaron más tarde problemas de salud por la toxicidad del aire que respiraron aquellos días.

Las Torres Gemelas

Las catedrales del cielo empieza el día después de los atentados del 11-S y narra a través de saltos temporales la historia de varias generaciones de los LaLiberté, una familia ficticia de obreros del acero de la reserva de Kahnawake, junto a Montreal. “Nueva York escaló el cielo con el sudor y la sangre de nuestros padres. No hay obra de altura, puente metálico o rascacielos donde no se oigan, en todo lo alto, órdenes, indicaciones o tacos en nuestro idioma”, cuenta en la novela el último de la saga, John. “Todo lo que se describe en el libro es verdad, salvo los personajes”, matiza el autor.
¿Cómo se explica que los descendientes de unos nativos diezmados y expulsados hacia el Oeste se enorgullezcan tanto de construir Estados Unidos? Uno de los motivos es que subirse a un andamio a cientos de metros del suelo o demostrar la valía en combate (suelen inscribirse en las fuerzas especiales del Ejército) conecta a los varones con “el culto de la valentía y de la fuerza” grabado en su cultura desde hace generaciones, explica Moutot. “Al afrontar el vértigo y hacer un trabajo peligroso que poca gente puede hacer, muestran su valentía. Es un valor que les dice algo”, añade.
Con su libro, Moutot ha querido “ir contracorriente de la imagen del indio pobre, que vive de ayudas sociales, alcohólico, depresivo y con tendencias suicidas”. “Los ironworkers mohawk son justo lo contrario: están mucho mejor pagados que la gran mayoría de los estadounidenses”, puntualiza. Cobran hasta 10.000 dólares (unos 8.000 euros) al mes y suelen construirse una vivienda grande y comprarse una camioneta pick up. Cuando trabajan en Nueva York, no pocos viajan durante horas para regresar a la reserva cada fin de semana. Un pasaporte especial, denominado tribal, les permite cruzar la frontera.

LA PISADA DE LAS CABRAS MONTESAS

El primer contacto de los mohawk con el montaje del acero fue en 1886, cuando una compañía ferroviaria levantó un puente sobre el río San Lorenzo, cerca de Montreal (Canadá). Los miembros de la tribu fueron inicialmente contratados para descargar, pero enseguida mostraron su valía para trabajos más arriesgados. “Tienen la pisada segura como cabras montesas”, decía un capataz francés. Dos décadas después, 33 obreros mohawk murieron al derrumbarse el Puente de Québec durante su construcción.

Indemnizados con 5,4 millones 21 grafiteros de Nueva York tras el derribo de un edificio con sus obras

5Pointz cuando estaban tapando los murales.



El mural creado con aerosoles en el complejo conocido como 5Pointz era un verdadero museo al aire libre en constante transformación. Estaba situado no muy lejos del puente que conecta Manhattan con Queens, en Long Island City. Cubría hasta el último centímetro de las fachadas de un viejo almacén abandonado. La obra fue destruida hace cuatro años para en su lugar construir un edificio de apartamentos de lujo. Este lunes, un juez decidió que el dueño de la estructura debe compensar a sus creadores con 6,7 millones de dólares (5,4 millones de euros) por los daños.
Los artistas usaron las paredes del edificio en Jackson Avenue durante dos décadas para expresarse con el espray. Contaban con el consentimiento de Jerry Wolkoff, el dueño de la propiedad. Pero su destrucción alimentó un intenso debate sobre si los grafitis deben ser considerados como un arte que debe ser protegido o si el propietario del edificio tenía plenos derechos sobre la obra que se creó en sus paredes. Esas fueron las dos preguntas esenciales a las que debía responder los seis miembros del jurado que siguió las deliberaciones.
El juicio concluyó el pasado mes de noviembre en el barrio de Brooklyn. Duró tres semanas. Los 21 artistas que participaron en la demanda basaron su acción en una legislación, la Ley de Derechos de los Artistas Visuales de 1990, que permite prevenir la destrucción intencionada o negligente de cualquier trabajo de amplio reconocimiento público. Los paneles pintados con aerosoles podían verse perfectamente al llegar a la estación elevada de la línea 7 de metro, en Davis Street, con Manhattan al fondo.
El nombre 5Pointz hacía referencia a los cinco barrios de Nueva York uniéndose en un único lugar. Wolkoff dio acceso a los artistas a su propiedad en 1993. El lugar se convirtió desde entonces en un imán que atrajo a cientos de artistas del grafiti, que durante semanas podían exponer sus creaciones. Algunos trabajos eran permanentes. Tenían hasta su propio curador, un artista conocido como MearsOne, que ponía orden en esta muestra abierta al cielo. Se calcula que se crearon cerca de 11.000 piezas, que se fueron superponiendo una sobre otra.
Los murales de 5Pointz se convirtieron en una atracción turística y fue utilizado con escenario en películas como “Now You See Me”. Hasta que Wolkoff procedió a cubrir el mural con pintura blanca en 2013. Era solo el primer paso de un destino fatal. El edificio fue derribado en 2014 para prepara el terreno para la construcción de la torre, que arrancó un año después. El propietario defendió durante el proceso que los artistas sabían que el edificio tenía los días contados.

Técnica, maestría y visión

Los artistas pensaron incluso en comprar el edificio, pero su valor se disparó a más de 200 millones. El barrio de Long Island City lleva años en un intenso proceso de transformación, con bloques residenciales que se alzan abriéndose espacio entre los almacenes. El misterioso artista británico Banksy pidió que el edificio no fuera derribado, para que se pudiera preservar este espacio que en su día fue considerado como la mayor exposición de arte urbano del mundo.
Los artistas nunca firmaron un contrato con el dueño del edificio o un papel por escrito que les vinculara a la propiedad, lo que dificultaba su causa. Pero tras escuchar los detalles presentados por los grafiteros, el jurado se puso del lado de los artistas, al considerar que debían ser compensados por el daño causado a 36 de sus obras. El juez federal Frederic Block no solo confirmó su recomendación, sino que con su sentencia amplió a 45 el número de obras que se merecían haber sido protegidas sobre la base de la legislación vigente.
Block consideró que la colección artística que se exponía en las paredes era de gran calidad y destacó la técnica, la maestría y la visión utilizada por sus creadores, “que merecía haber sido expuesta en museos de renombre”. También indicó al argumentar su decisión que las paredes de 5Pointz fueron pintadas por artistas llegados de Londres, por ejemplo, y que otras tablas fueron productos de prestigiosas escuelas de arte. “Muchos hablan de problemas sociales de nuestro tiempo”, añadió.

Legado

Eric Baum, el abogado de los artistas, insiste en que 5Pointz era un lugar para exponer arte y el edificio ofrecía una estructura importante para ello. Por eso considera que el veredicto final representa una importante victoria para los maestros del aerosol en todo Estados Unidos. “El mensaje es muy claro”, insiste, “el arte protegido por la legislación federal debe ser cuidado y no destruido”. El espíritu de 5Pointz, concluye, “seguirá así vivo durante generaciones".
El juez Block citó, además, que el crimen se redujo en el barrio gracias a esta colección. También reconoció, en todo caso, que no habría impuesto una compensación tan elevada si el dueño del edificio hubiera esperado al menos 10 meses a realizar la demolición, para que pudieran haber salvado algunas pinturas, en lugar de proceder cubrir de blanco las paredes en cuanto tuvo el permiso del consejo municipal que autorizada el derribo. Wolkoff tiene intención de recurrir la sentencia.

lunes, 12 de febrero de 2018

Bajo techo: qué hacer en Nueva York cuando hace mucho frío


Bajo techo: qué hacer en Nueva York cuando hace mucho frío

Se dice que Nueva YorkEstados Unidos, lo tiene todo y eso incluye, a veces, el mal tiempo. Pero cuidarse de la nieve y el frío polar no quiere decir que haya que quedarse encerrado en el hotel.
Se puede ir de compras, visitar museos y hacer muchas otras actividades. Como destaca la oficina de turismo neoyorquina (www.nycgo.com) las propuestas culturales y de recreación siempre están abiertas, sea verano o invierno.
Bajo techo: qué hacer en Nueva York cuando hace mucho frío
Una postal del Central Park en invierno (AFP PHOTO / TIMOTHY A. CLARY)
Esto sin contar la gastronomía local, sabiendo que la lista de restaurantes es bien diversa (www.nycgo.com/articles/best-new-nyc-restaurants)
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La ciudad tiene algunos de los mejores museos del mundo. Horarios y programación pueden consultarse en el sitio web de la guía oficial neoyorquina, o en la web de cada uno de los museos, según la fecha en que esté pensando viajar (www.nycgo.com/things-to-do/museums-galleries)
Metropolitan Museum of Art. Un lugar para descubrir dos millones de obras de arte, algunas de hasta cinco mil años de antigüedad. Hay desde templos egipcios y griegos hasta pintura americana de comienzos del siglo XX. La entrada cuesta 25 dólares y el museo abre todos los días. El horario de domingo a jueves es de 10 a 17.30, los viernes y sábados es de 10 a 21 (www.metmuseum.org)
Bajo techo: qué hacer en Nueva York cuando hace mucho frío
Visitantes en el Metropolitan Museum of Art (AP Photo/Mary Altaffer)
American Museum of Natural History. Este es su museo si le apasionan los dinosaurios, el vuelo de las aves, el clima, la astronomía, los avances de la ciencia. La entrada que, incluye todas las exhibiciones (o sea, las colecciones permanentes y las exposiciones especiales) cuesta 33 dólares. Está abierto todos los días de 10 a 17.45 (www.amnh.org).
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Whitney Museum of American Art. Fundado en la década de 1930 por la rica mecenas Gertrude Vanderbildt Whitney, este museo reúne más de 25.000 obras de 3.000 artistas estadounidenses de los últimos cien años. En 2015 el museo inauguró su nueva sede, un moderno edificio diseñado por Renzo Piano como culminación del paseo público High Line, cerca del río Hudson. Tiene más de siete pisos dedicados a maestros como Edward Hopper, Jasper Johns y Cindy Sherman. La entrada cuesta 25 dólares y el museo cierra los martes. Está abierto de domingo a jueves de 10.30 a 18. Y los viernes y sábados, de 10.30 a 22 horas (www.whitney.org)
Bajo techo: qué hacer en Nueva York cuando hace mucho frío
Exhibiciones en el Museum of Modern Art (MoMa) en Nueva York. AFP PHOTO/Emmanuel Dunand.
Museum of Modern Art. Fundado en 1929 por millonarios como John Rockefeller y Conger Goodyear, este museo es uno de los más populares de la ciudad. Entre sus 200.000 pinturas, esculturas y fotografías de más de 90.000 artistas, no faltan obras célebres de Picasso y Dalí. El museo funciona todos los días de la semana, en el horario de 10.30 a 17.30. La entrada cuesta 25 dólares. Además de la clásica sede ubicada en la calle 53, hay una nueva sede del MoMA en el distrito de Queens, es el MoMA PS1 (www.moma.org).
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Tiendas famosos. Algunas de las más famosas tiendas también están en Nueva York, son confortables, bien calefaccionadas y allí se puede ver de todo un poco. Además de los negocios situados en la zona de Columbus Circle (www.theshopsatcolumbuscircle.com) siempre están vigentes las clásicas tiendas organizadas por secciones o por departamentos: Bergdorf Goodman (www.bergdorfgoodman.com); Bloomingdale's, que tiene locales en distintos puntos de la ciudad (locations.bloomingdales.com); Macy's Herald Square(l.macys.com/new-york-ny).
Biblioteca Pública de Nueva York. Con su estilo arquitectónico de la Belle Epoque, los famosos leones de mármol que custodian la entrada y el parque público Bryant Park a sus espaldas, la Biblioteca Pública de Nueva York (www.nypl.org) merece una visita. El monumental edificio inaugurado en 1911 fue restaurado hace pocos años y atesora 50 millones de libros, manuscritos y grabaciones. Fue el hogar de escritores como Norman Mailer y John Updike. La entrada es libre, abre todos los días y el horario es normalmente de 10 a 18. Hay visitas guiadas, un salón para niños y una moderna librería. La institución es también célebre por sus exposiciones de mapas y libros antiguos, entre otros temas.
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Libros, cine y televisión no convencional. Si le apasiona el mundo de la televisión, la radio, Internet y las tecnologías digitales, debería darse una vuelta por el Paley Center. Es un centro cultural con varios atractivos. Por caso, una biblioteca pública de medios con 160.000 shows televisivos, avisos publicitarios y filmes de distintas épocas. Por ejemplo, están los episodios de "Yo quiero a Lucy", "Los Muppets" o los programas de radio que hacía Orson Welles. La entrada cuesta 10 dólares por persona. El horario es de miércoles a domingos de 12 a 18.(media.paleycenter.org).