martes, 23 de agosto de 2016

Las ventanas de Nueva York


Una vez y durante un año viví en Nueva York. Allí las ventanas no tienen cortinas, ni persianas, ni estores, ni contraventanas. Es como si nadie tuviera nada que ocultar y no creo que sea exhibicionismo. Quizás tenga algo que ver con ahuyentar el aislamiento, la soledad. Es como una manera de seguir existiendo puertas adentro. Quien sabe.
Vivía en un loft en Tribeca, triangle below Canal st., la parte donde la ciudad cuadriculada empieza a desordenarse y las calles pasan de tener números a tener nombres. Desde mis cuatro ventanas veía las Twin Towers y ellas me veían a mí. Por las noches las luces rojas en sus remotas azoteas eran como los ojos de dios observándome para bien o para mal, según mi estado de ánimo.
El interior del loft tenía una mesa y dos sillas, un futón japonés multiusos, una televisión de segunda mano y un cajón de madera para colocarla encima. Y muchos periódicos por todos lados dando un toque de calidez. El Village Voice, elNew York Times, el New Yorker... eran amigos que daban conversación muda en los desayunos y en las largas tardes de invierno.
El interior no tenía capacidad de generar emociones intensas. Me volví al exterior, a mis ventanas. Y allí la descubrí.
En la casa de enfrente, un piso más abajo, todas las tardes justo antes del anochecer, una chica con una trenza larguísima y unas mallas estrelladaspracticaba una danza circense con dos pelotas y una vara apoyada en la barbilla, en cuyo extremo mantenía en equilibrio un pirulo con una bola encima.
Y lo hacía bien. ¿Trabajaba en el circo?, ¿para una función en Broadway?, ¿en Off Broadway?, ¿en Off Off Broadway?... Mes tras mes seguía a diario practicando la misma danza, los mismos equilibrios con una rapidez y una concentración que me tenían fascinado.
Llegó un momento en el que esperaba la caída del sol con ansiedad. Adaptaba los horarios de mis quehaceres para asistir a mi función particular. A veces no me quedaba a observar la hora completa, unos minutos me bastaban para impregnarme de una cierta paz, la que dan las rutinas por tontas que sean.
Ella nunca miró hacia mi ventana. Pero tengo el baile cósmico de esferas y estrellas grabado en la memoria. Y un agradecimiento importante a una habilidosa desconocida sin nombre.

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