viernes, 9 de enero de 2015

New York, New York

Los banqueros no se fían de la información. No hay control sobre lo que se dice y menos aún sobre lo que en verdad se hace


Conversación me-quedo-de-pasta-de-boniato con un periodista de New York. Sinopsis: las entidades financieras de New York carecen de información sobre España. La que les facilita los medios españoles, literalmente, glups, no les sirve. La perciben como literatura. Y no pueden tomar decisiones no literarias a través de ella. Por lo que han empezado a buscar otros medios de información. Pagan informes de encargo, que les explican lo que aquí se cuece y lo que aquí no se cuece. Es decir, información. Es decir, preguntas y respuestas que por aquí abajo no se formulan y que, por lo visto, uno se hace en New York en el trance de jugarse la pasta de una vieja de Iowa.
Exemplum de posibles preguntas que se hace un ejecutivo de inversiones en los USA: ¿El Régimen del 78 es estable o tiene los días contados? ¿El recambio supondrá ruptura o continuidad? ¿La crisis democrática en el Sur de Europa, la continuidad, puede finalizar en conflicto social? ¿Cuál es el límite de las contra-reformas democráticas y qué márgenes dejarán al consumo y al pago de deuda? ¿Cuáles son los datos reales, que no los oficiales —o, lo dicho, literarios—, de la economía española?
¿El euro es un futurible en el Sur? ¿La cosa indepe es palique/literatura, o tiene alguna voluntad política? ¿Qué es Podemos? ¿Puede llegar a gobernar? ¿Eso supone un riesgo efectivo de impago de deuda o, tranquis, estamos ante otro PSOE de los 70's? ¿Cuál es el margen real de la política en un Estado deslocalizado políticamente en la UE? ¿Ese margen da para una ruptura y un cambio económico? ¿La Playmate de mayo está operada?
Sí, son preguntas turbadoras. Y, salvo la última —sí; la operó un ebanista psicópata—, en verdad resulta difícil intuir sus respuestas a través de los medios patrios. No sé. Humm. Les paso dos metáforas salchicheras que ilustran el caso de la cosa. Metáfora A): del titular “Órdago nacionalista de Mas”, tan repetido en diversas series, ¿qué palabros son, no ya pertinentes, sino comprensibles internacionalmente? ¿Qué diablos es un órdago en un mundo que ignora —sabiamente, por otra parte— lo que es el tute, ese juego de catetos? ¿Qué es nacionalismo en un Estado vertebrado por uno de los nacionalismos más asombrosos de Europa, y tal vez uno de los menos descritos? ¿Quién diablos es Mas? ¿Es ese hombre no problemático con quien entidades financieras internacionales están haciendo el agosto con la venta de estructuras de Estado, o es un peligroso rupturista que crea estructuras de Estado como un poseso?
Metáfora B): ¿Para qué sirve / de qué informó la entrevista a Pablo Iglesias en TVE? Me temo que sólo de la incapacidad para la entrevista del entrevistador y de sus tertulianos, consagrados a informar al entrevistado sobre sus errores, así como a conminarle al arrepentimiento y a la reevangelización. Preguntar, en fin, al líder de un gran partido, que no ha podido ser descrito en los medios desde que asomó el hocico, “¿es usted comunista?”, no informa de nada salvo de que no estamos ante un producto informativo. Y haría reír —en New York—, si no hiciera llorar —aquí; de miedo, mamá—.
Si bien en los últimos 35 años la función de los medios locales no ha sido tanto crear información como seleccionarla, interpretarla y —como cualquier otro producto cultural— crear cohesión, la sensación, para un banquero de New York y para aquí un charnego de barrio, es que ahora el fenómeno se ha pasado cuatro pueblos. Es decir, la información vertida no es válida, no explica amplias parcelas de la realidad, en las que ya no opera la cohesión, sino cambios profundos y por describir, y un desinterés absoluto por mitos ya extraños y que tienden a confirmar la pertinencia de las políticas y agendas del Estado o del Estadillo —la Generalitat no es una ONG, en fin, y tiene medios donde practicar también toda esta verticalidad informativa, incompresible en New York—.
De hecho, ese es el gran fenómeno informativo y cultural local que, supongo, causa el asombro en New York: el Estado es la gran fuente informativa. Incluso ahora, con un Estado y un Estadillo incapaz de dar datos fiables. Cualquier dato estadístico ofrecido por una institución tiende a ser hipotético, cualquier dato sobre cuentas suizas de políticos facilitado por el Estado carece de falibilidad, la realidad parece que no acompaña sus énfasis —parece ser que Barcelona no está rodeada por una feroz guerrilla anarquista, como propuso a la Audiencia la Conselleria de Interior— y, broche final, los discursos políticos que emiten no se parecen ni coinciden con sus políticas, ya sean esas políticas la recuperación, o el Procés de las narices —creo que, nominalmente, no hay otras políticas en marcha—.
Vamos, no existe control sobre lo que se dice y, mucho menos aún, sobre lo que en verdad se hace. Algo dramático cuando lo que se hace es un nuevo sistema político y unas nuevas bases económicas. Muy duras. Y seriamente contestadas.
El descrédito político del Régimen es, por razones culturales, también un descrédito informativo de proporciones —literalmente— de la Bolsa de New York.

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