viernes, 25 de marzo de 2016

El flamenco cosmopolita seduce a Nueva York

Rocío Molina y otros jóvenes artistas dejan boquiabierto al público neoyorquino con un flamenco tan hondo como innovador
Rocío Molina en un momento de su espectáculo
Rocío Molina en un momento de su espectáculo

JAVIER ANSORENA

«Fascinante» quiere decir lo mismo en inglés y en español: sumamente atractivo. Así es como «The New York Times» definió el espectáculo del pasado jueves de Rocío Molina en el City Center de Nueva York, con el que arrancaba el último fin de semana del Flamenco Festival de la ciudad.
Pero no hacía falta hablar ni inglés ni español, ni saber de flamenco, para sentir lo que la bailaora malagueña transmitió al público neoyorquino. Molina tiene un lenguaje propio, que parte del flamenco hacia territorios que ella sola construye. «Sabía que no venía a un ‘show’ de abanicos y vestidos con volantes», aseguraba después de caer el telón Federico Hewson, un italoamericano versado en el mundo de la danza, pero que nunca había visto un espectáculo formal de flamenco. «Pero esto ha sido diferente».
Molina trajo a la Gran Manzana «Danzaora & Vinática», una creación introspectiva e íntima, con solo cuatro personas sobre el escenario; le acompañaban Eduardo Trassiera a la guitarra, José Ángel Carmona al cante y José Manuel Ramos «El Oruco» en la percusión y palmas. No hacía falta más, porque la hondura de la bailaora llenaba el teatro. Durante los primeros veinte minutos, no arrancó un aplauso del público, que parecíaconsternado y apabullado por la intensidad. Esa ovación llegó tras un remate por alegrías, en el que Molina salió de escena y el público respiró.
La bailaora sorprendió desde el primer momento: mientras la gente tomaba asiento, ella estaba de pie, sobre el escenario, de espaldas, agarrada a una copa de vino que marcaría el hilo de la actuación. El público charlaba mientras entraban los menos puntuales y de repente lo que parecía un maniquí cobró vida. El lenguaje de Molina es conceptual y a veces el espectáculo parecía transportado a una «performance» en una galería alternativa de Bushwick.
Fajó su baile con botellas que paseaba con una cuerda, con cascabeles amarrados a su pelo, con una pandereta luminosa, con el cristal de las copas, que llegó a estallar ante el sobrecogimiento del público. Entre el sonido negro de las seguiriyas y la profundidad de la taranta («Yo soy soldadito de marina/y en la gorra llevo el ancla»), Molina disparaba significados, emociones, ideas en cada movimiento.
«Rocío está ampliando el concepto de la tradición en el flamenco», opinaba después del espectáculo Rajika Puri, bailarina de danza hindú y aficionada al flamenco. «Es internacional, cosmopolita y va más allá del flamenco». Puri se preguntaba si el público del mismo escenario que una semana antes -dentro de la misma programación del Flamenco Festival- se había roto las manos para aplaudir el concepto más convencional de Farruquito y las dos noches siguientes con el Ballet Flamenco de Andalucía de Rafaela Carrasco- habría disfrutado de igual modo de un «show» «sofisticado» como el de Molina.
Lo cierto es que la bailaora fue despedida con una ovación rotunda, en pie, y que en otros escenarios del festival, las propuestas fuera de lo convencional fueron también bien recibidas. Al día siguiente, al Sur de la ciudad, en el Village, el violinista libanés Ara Malikian ofrecía su viaje desenfrenado por la música del mundo con paradas en la música española -Falla, Sarasate- y también en el flamenco, donde versionó el «Zyryab», de Paco de Lucía.
Esa misma noche, el flamenco se desparramaba por la ciudad: además delBallet Flamenco de Andalucía en City Center, la cantaora «La Tremendita»se mezclaba con los sonidos iraníes de Mohammad Motamedi en Carnegie Hall y la Bojaira Band del pianista de jazz Jesús Hernández mezclaba lo jondo con ritmos brasileños y caribeños en Joe’s Pub.
El festival se cerró en este último escenario la noche del sábado con el bailaorNino de los Reyes. Es un local íntimo, con mesas pequeñas en las que se contagia el olor a frito de los calamares a la romana y dominado por fotografías enormes de grandes de la música norteamericana, como Leonard Cohen o Patti Smith. De los Reyes lo transformó en un tablao ecléctico y renovado, con la colaboración del cantaor Ismael Fernández, la guitarra de Juan José Suárez «Paquete» y el bajo de Alain Pérez. Este último fue una delicia: no podía sonar con más gusto y con menos exhibicionismo, sobre todo en unos ritmos afrocubanos en los que Pérez y De los Reyes -descalzo y emocionado- dialogaron a solas en el escenario.
La actuación discurrió por lugares diferentes, desde el flamenco más tradicional, como el martinete o una soleá por burlerías al golpe, con los nudillos sobre una mesa, a un compás de siete tiempos alejado del flamenco, o ecos de «tap» estadounidense en el baile. «Intento que haya un poquito de todo porque yo soy así en verdad», explicaba después en el camerino De los Reyes, que nació en Boston, se crió en Madrid, tiene sangre filipina, mujer mexicana y la mente abierta al mundo.
«Lo más bonito del flamenco es que ha crecido tanto que no tiene ningún límite, y mientras todo se haga con respeto…», defendía con el sudor del taconeo todavía en la frente. “Soy un flamenco un poco raro”, decía este bailaor, que tiene un aire de ‘millenial’ de Brooklyn, con la barba larga y la cabeza rapada. “Pero como me dijeron una vez: no hay nada más puro que hacer lo que te dé la gana”.

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