sábado, 28 de mayo de 2016

Los artistas catalanes en el movido Nueva York de los años setenta

  • Documentales de arte: ‘Los Karamazoff’, sobre el grupo de artistas catalanes que se desplazaron al efervescente SoHo neoyorquino de los setenta. Y ‘Lucien Freud: Portraits’, documental realizado por Jake Auerbach, hijo del también pintor Frank Auerbach. Retazos, todos ellos, de arte en estado puro

 
Alquileres baratos y casi todo lo demás ilegal: esas fueron las circunstancias ideales para que el SoHo neoyorquino se convirtiera, en los años sesenta, en el vórtice del ciclón que agitaría el arte contemporáneo. Los primeros artistas se instalaron cuando era una zona de ­fábricas abandonadas prácticamente tomada por las ratas y donde eran frecuentes los incendios. A principios de los setenta, un grupo de artistas catalanes llegó allí, y se conocieron gracias a Carles Fontseré y Terry Broch. Brindando con vodka decidieron que se harían llamar los Karamazoff. Ahora, los directores Juan Gamero y Carmen Rodríguez se sirven de su testimonio para ­documentar el proceso de transformación del barrio que fue clave ­para el desarrollo del videoarte o el arte conceptual antes de convertirse en la zona comercial que es ahora.
Desde el momento en que Jonas Mekas y Jaime Davidovich aparecen en pantalla recordando cómo George Maciunas creó la primera cooperativa de artistas, se comprende que aquel era el lugar donde cualquier artista quería estar, con Basquiat, Yoko Ono, Andy Warhol o Lou Red al alcance de la mano.
En todo ese torbellino, Antoni Muntadas, Antoni Miralda y Robert Llimós, participaron en el Avant Garde Festival organizado por Charlotte Moorman. Llimós llevó el mar Mediterráneo al World Trade Center, y Muntadas mostró su proyecto Art/Life en la Penn Station. También el trabajo de Zush –convertido después en Evru– pudo verse en el Guggenheim y en el MoMA; Xavier Medina-Campeny triunfaba entre los coleccionistas del Uptown mientras construía su escultura pública dedicada a Martin Luther King, ubicada en Atlanta. Y Mireia y Marta Sentís, con sus fotografías, se convertían en las cronistas de cuanto estaba pasando. La crónica que Mireia Sentís hizo en su libro Al límite del juego muchos años después resultó decisiva para la génesis de este documental, pues Juan Gamero siempre se sintió atraído por las experiencias de los años del SoHo que ella le explicaba cuando realizaban juntos el programa Dos en Raya de TVE en los años ochenta.
Jaume Ollé, médico y fotógrafo y también miembro de los Karamazoff, describe el final de los años de comunidad, promiscuidad y despreocupación a medida que en el hospital en el que trabajaba se diagnosticaban los primeros casos de sida. Algunos regresaron a Barcelona, otros permanecieron y casi todos siguen volviendo allí y aquí.
La documentación de la película es abundante –entrevistas, grabaciones, videoarte, registros de acciones artísticas…–, pero el montaje consigue una alternancia que dota al conjunto de un dinamismo libre de estrépitos y estridencias. Los años de juventud, esas décadas en las que todavía pasaban cosas importantes en el mundo del arte, no se miran con nostalgia sino con la familiaridad de un recuerdo fundacional compartido. Algo parecido sucede con la música de Marc Sastre y el respetuoso diálogo que establece con Walk on the Wild Side, de Lou Reed.
El grupo sigue reuniéndose para brindar con vodka por todos ellos, y porBibi Escalas, la novena integrante del grupo, que murió poco antes de iniciar el proyecto de este documental. Este testimonio coral a la vez evidencia y reivindica uno de los puentes de entrada de propuestas radicales en la historia del arte contemporáneo catalán.

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