miércoles, 3 de febrero de 2016

Un héroe ruso en Nueva York

Gari Kaspárov libró una particular batalla en Nueva York en 1997: la del hombre contra la máquina; las neuronas contra el silicio


Ocurría ante mí y no podía creerlo. Una multitud de neoyorquinos aclamaba en 1997 al jugador con bandera rusa frente a otro con la estadounidense en un país de patriotismo muy marcado. Era Gari Kaspárov, sentado frente al operador de la computadora Deep Blue, de IBM. El público presente, como millones de personas en todo el mundo, deseaba el triunfo del hombre contra la máquina, olvidando que los creadores de Deep Blue también son humanos brillantes.
El miedo universal a que el silicio derrotase a las neuronas se reflejó en grandes fotos de Kaspárov por las calles de Manhattan. Y en titulares de portada (The New York Times,USA Today…) del tipo “¿Será capaz este hombre de salvar al género humano?”. Kaspárov perdió ese duelo por la mínima (3,5-2,5) porque no controló sus nervios y cometió un burdo error en la última partida. Las acciones de IBM se dispararon en Wall Street. Y el ruso ganó una popularidad en EE UU que le iba a ser muy útil más tarde.
Ocho años después, Kaspárov anuncia su retirada de la alta competición –tras haber sido el número uno 20 años seguidos– para centrarse en su furibunda oposición al presidente Vladímir Putin. EL PAÍS me envía a Moscú para hacerle una entrevista sobre política. Mi primera pregunta: “¿Ha leído usted El Quijote?”. Cara de extrañeza. “Por supuesto. ¿Por qué quiere saber eso?”. Le explico que él me recuerda a Don Quijote: podría vivir muy bien en cualquier país, ganando dinero sin meterse en líos (conferencias, exhibiciones, libros…); pero prefiere jugarse la vida cada día. Durante esas 72 horas que pasé con él en Moscú, nos movíamos en un coche blindado, y tres turnos de guardaespaldas le protegían en todo momento.
No soporto la perspectiva de que mis hijos crezcan bajo una dictadura disfrazada de democracia”
“¡Ah!, ya le entiendo. Es que no soporto la perspectiva de que mis hijos crezcan bajo una dictadura disfrazada de democracia. Luchar para evitarlo es una obligación moral”. Mientras le escuchaba, resonaban en mi cabeza unas palabras de su madre, Clara Shagenovna, que no olvidaré nunca. Me las dijo en la Navidad de 1985, mes y medio después de que su hijo fuera el campeón del mundo más joven de la historia (22 años): “Ser siempre el mejor es muy duro. Vivir por el placer de vivir es algo que ni mi hijo ni yo comprendemos”.
Madre e hijo se sienten destinados a misiones que rozan lo imposible: popularizar el ajedrez en todo el mundo; evitar que la máquina pueda con el ser humano; convertir a Rusia en una democracia de primera. Para ellos, las detenciones y golpes de la policía rusa; el dolor por el asesinato (el pasado 27 de febrero) de otro opositor, su amigo Borís Nemtsov; la prohibición de entrevistar a Kaspárov en los medios rusos más importantes; las críticas furibundas, incluso desde dentro del ajedrez…, son obstáculos que forman parte de la gran misión.
El miedo a que lo matasen provocó el exilio de Kaspárov en Nueva York hace unos años. Tiene una columna en The Wall Street Journal, es muy activo en la defensa de los derechos humanos, da conferencias para directivos, escribe libros de ajedrez y es una de las referencias cuando los periodistas quieren hablar de Rusia. A los 52 años exhibe una energía de caballo purasangre, y es capaz de dormir una siesta de 15 minutos en cualquier sitio antes de visitar a un ministro o conceder una entrevista. Hace un año fracasó en su intento de ser presidente de la corrupta e ineficaz Federación Internacional de Ajedrez (FIDE). Pero sus últimas palabras cuando nos despedimos en Tromso (Noruega) tras las elecciones resumen su vida: “¡Seguiremos luchando!”.
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